Por Cristina Gaviria, mygwork.
Si te quieres matar, ¿por qué no te quieres matar?
¡Ah, aprovecha! Que yo, que tanto amo la muerte y la vida,
Si osara matarme, también me mataría…
¡Ah, si osaras, osa!
¿De qué te sirve el cuadro sucesivo de las imágenes externas
Al que llamamos mundo?
¿La cinematografía de las horas representadas
Por actores de convenciones y poses determinadas,
El circo policromo de nuestro dinamismo sin fin?
¿De qué te sirve tu mundo interior que desconoces?
Tal vez, matándote, lo conozcas finalmente…
Tal vez, acabando, comiences…
Y de cualquier forma, si te cansa ser,
¡Ah, cánsate noblemente,
Y no cantes, como yo la vida por borrachera,
No saludes, como yo la muerte en literatura!
¿Haces falta? ¡Oh sombra fútil llamada gente!
Nadie hace falta; no le haces falta a nadie…
Sin ti correrá todo sin ti.
Tal vez sea peor para los otros que existas a que te mates…
Tal vez peses más durando, que dejando de durar…
¿El pesar de los otros?… ¿Tienes remordimiento anticipado
De que te lloren?
Descansa: poco te llorarán…
El impulso vital apaga las lágrimas poco a poco,
Cuando no es por cosas nuestras,
Cuando es de lo que acontece a los otros, sobre todo la muerte,
Porque es la cosa después de la cual nada acontece a los otros…
Primero es la angustia, la sorpresa de la venida
Del misterio y de la falta de tu vida hablada…
Después el horror del cajón visible y material,
Y los hombres de negro que ejercen la profesión de estar allí.
Después la familia velando, inconsolable y contando anécdotas,
Lamentando la pena de que te hayas muerto,
Y tú mera causa ocasional de aquel duelo,
Tú verdaderamente muerto, mucho más muerto de lo que imaginas…
Mucho más muerto aquí de lo que imaginas
Aunque estés mucho más vivo en el más allá…
Después la trágica retirada al panteón o la tumba,
Y después el principio de la muerte de tu memoria.
Hay primero en todos un alivio
De la tragedia un poco molesta de que te hayas muerto…
Después la conversación se aligera cotidianamente,
Y la vida de todos los días retoma su día…
Después, lentamente fuiste olvidado.
Sólo eres recordado en dos fechas, cada año:
Cuando cumples años de que naciste, cuando cumples años de que moriste
Nada más, nada más, absolutamente nada más.
Dos veces al año piensan en ti.
Dos veces al año suspiran por ti los que te amaron,
Y una que otra vez suspiran si por casualidad se habla de ti.
Encárate en frío, y encara en frío lo que somos…
Si quieres matarte, mátate…
¡No tengas escrúpulos morales, recelos de inteligencia!…
¿Qué escrúpulos o recelos tiene la mecánica de la vida?
¿Qué escrúpulos químicos tiene el impulso que genera
Las savias y la circulación de la sangre, y el amor?
¿Qué memoria de los otros tiene el ritmo alegre de la vida?
Ah, pobre vanidad de carne y hueso llamada hombre.
¿No ves que no tienes absolutamente ninguna importancia?
Eres importante para ti, porque es a ti a quien sientes.
Eres todo para ti, porque para ti eres el universo,
Y el propio universo y los otros
Satélites de tu subjetividad objetiva.
Eres importante para ti porque sólo tú eres importante para ti.
Y si eres así, oh mito, ¿no serán los otros así?
¿Tienes, como Hamlet, el pavor de lo desconocido?
¿Pero qué es lo conocido? ¿Qué es lo que tú conoces,
Para que llames desconocido a alguna cosa en especial?
¿Tienes como Falstaff, el amor grasoso de la vida?
Si la amas, así, materialmente; ámala aún más materialmente,
¡Vuélvete parte carnal de la tierra y de las cosas!
Dispérsate, sistema físico-químico
De células nocturnamente conscientes
Por la nocturna conciencia de la inconciencia de los cuerpos,
Por el gran cobertor no-cubriendo-nada de las apariencias,
Por el pasto y la hierba de la proliferación de los seres,
Por la niebla atómica de las cosas,
Por las paredes turbulentas
Del vacío dinámico del mundo.
Fernando Pessoa
Muchas corrientes filosóficas han tratado el tema de la realidad para así comprenderla y darle una razón. Los existencialistas tomaban la existencia como un evento fortuito y desamparado de razón alguna. Evento fortuito que por su naturaleza accidental le daba libertad al individuo de hacerse a sí mismo sin pretensión de un más allá. Es decir que la existencia en la que se está inmerso se consolidaba como el único centro pertinente a tener en consideración. El pesimismo trataba a la realidad y al mundo como el peor mal impuesto y el escepticismo se basaba en la duda e incertidumbre de una verdad universal. Todas estas corrientes tienen como propósito encontrar teorías ontológicas y teleológicas que, más que servir como doctrinas, sirvan como consuelo al individuo en su propia realidad.
Tomo estas corrientes como base por su inherente intención pesimista. El pesimismo –no excluyente a la corriente per se, sino su tono–, lejos de ser netamente negativo, tiene un fundamento enraizado sumamente sugestivo, y es la subversión a lo establecido. No quiero decir que estas sean filosofías anarquistas o revolucionarias, sino que no toman por sentada la realidad de la manera complaciente y conformista del pensamiento optimista. Quiero, con exactitud, dejar explícita esta teoría, para no caer en tergiversaciones lingüísticas. En primer lugar y en un plano más racional, tomar al optimismo como el matiz de la vida es alentador y tranquilizante. Es, ante todo, tener la certeza de que el mal y lo perverso son condiciones transitorias. Esta esperanza y esta tranquilidad mental le permiten al hombre no cargar con el padecimiento en la espalda; le evitan enfrentar ciertas carencias del espíritu que podrían ser perjudiciales. El riego yace en la ceguera y la resignación. Siendo las cosas, en un trasfondo, buenas, termina por erradicar una aspiración de más. No lo digo como posesión o progreso, lo digo como una necesidad vital e interna. El sí es permisivo, transigente, complaciente. El sí es una afirmación a lo propuesto. Por otro lado, en un plano más emocional, el sí es efusivo y apasionado. Es revitalizante. Estos efectos que brotan del optimismo son cómodos; sí son gratos y satisfactorios. Pero son pasivos.
El pesimismo, por el contrario, es activo. Está constantemente en una indagación. Tiene la necesidad de ser inquisitivo con su realidad; con lo establecido y con lo incognoscible. El pesimismo nace de ver una injusticia en la humanidad y su dolor para establecer que el sí no es porque sí. El sí es por necesidad, para combatir a la agonía y al dolor. Y es melancólico y, a veces, desgarrador. Porque el corazón del pesimismo es de derrota porque comprende la contrariedad del mundo y esa impotencia que genera, destroza la inocencia complaciente y la lleva al desespero. El pesimismo no es indiferente al pensamiento; éste se subleva a él. Y esa actitud es
cínica y austera; es preferir abrir el infinito mundo interno del sufrimiento y la sublevación, que establecerse a la serenidad y al silencio ameno.
Pero este tono dramático del fundamento pesimista no tiene por qué ser desesperanzador. Es esta misma guerra, la que nace de la imposibilidad y del ser consciente de ella, la que constituye el eje de la existencia. Cuando se comprende que el todo de la existencia está conformada por oposiciones, contradicciones e imposibilidades; cuando se es consciente que la existencia es opuesta a sí misma y por eso la desintegración de lo imposible es lo único posible, la batalla se vuelve el supremo valor. Es comprender que sí estamos inmersos en el caos, y que éste sí se opone al orden, pero ese es el ahí de la belleza y la inspiración para el vivir. Quietud dentro de la incertidumbre y la imposibilidad que somos.
Cuando la guerra se vuelve ensordecedora, cuando el desespero ya no trasciende a su inutilidad, el hombre vuelve a caer en la única realidad que tanto busca indagar para luego tapar: el mundo sí es imposible y con esa imposición y encadenamiento, es el hombre quien no puede trascender a su inutilidad. Más aún, no puede desligarse de esa verdad; ya fue asentada. La única solución que existe en medio de esa verdad es su completo acabose. Que la existencia no tenga una finalidad más que su propia extinción y que su propia realidad es una esclavitud, el hombre sólo puede sino lanzarse al hastío y a la duda, suspirando por su muerte. A sabiendas, cada día, que como él mismo es creado, puede sublevarse. Siempre tendrá la elección.