Álvaro J. Sanjuán, también conocido como "Otto Mas", habla de las motivaciones que le llevaron a escribir su famoso libro y de cómo puede ser de ayuda para fomentar la inclusión en los espacios de trabajo.
Desde muy pequeño me di cuenta de que era diferente, y durante mi infancia y adolescencia me pesaba sentirme solo con lo que yo creía que era una desgraciada rareza, además de no tener referentes. En el colegio nos hablaban de reyes, emperadores, artistas y científicos, pero nunca nos contaron que algunos de ellos también habían amado a personas de su mismo género. Si me hubiesen dicho, por ejemplo, que Newton era marica, quizá hasta la física me habría parecido menos árida (bueno, esto seguramente no) y me habría sentido menos solo. Esa falta de referentes fue mi gran motor: ya de adulto decidí que tenía que hacer algo al respecto. El podcast Grandes Maricas de la Historia nació como un espacio para rescatar esas biografías y contarlas sin tapujos, con humor, con rigor, con mala leche cuando hace falta, y con mucho orgullo. Y el libro fue un paso más: llevar esas historias a un formato que permanece, que se abre camino en librerías, colegios y, por qué no, también oficinas.
La elección de personajes fue muy natural: quería rescatar a quienes habían sido invisibilizados por la historiografía. El criterio fue siempre doble: relevancia histórica y un vínculo claro, documentado, con una vivencia no heteronormativa. A partir de ahí, la lista se fue construyendo sola, casi como si ellos mismos empujaran por volver a aparecer. Unos son nombres universales, como Alejandro Magno, Leonardo da Vinci o Cervantes, y otros más olvidados o marginales, pero todos tienen en común haber vivido su deseo en contextos hostiles y haber dejado una huella. No se trata solo de activistas, sino también de artistas, reyes, científicos o soldados que, con sus vidas, muestran que siempre hemos estado ahí. En el fondo, lo que hice fue reescribir la historia desde un punto de vista queer, para recordar que nuestra presencia no es anecdótica ni reciente: forma parte del corazón mismo de la historia de la humanidad.
La palabra marica es un arma. Lo ha sido durante siglos. La escuchábamos en el patio del colegio como insulto, en la tele como chiste, en la boca de políticos o curas como condena. Era un modo de reducirnos, de silenciarnos, de dejar claro que no encajábamos. Entonces pensé, como ya muchos hacían y habían hecho en el colectivo: ¿y si la convertimos en lo contrario? ¿Y si la misma palabra que pretendía borrarnos se convierte en bandera? Eso es lo que hice: apropiármela, resignificarla y devolverla con todo el orgullo posible. Llamar al libro Grandes Maricas de la Historia es decir: sí, maricas, ¿y qué? Y además, grandes. Tan grandes que sin ellos la cultura, el arte, la ciencia o la política no serían lo que son hoy.
El título es un golpe en la mesa. Busca incomodar a quien todavía cree que “marica” es un insulto, y al mismo tiempo busca abrazar a quienes siempre lo escucharon como tal. Es decirles: aquí estamos, esta palabra también es nuestra, y vamos a usarla para contar nuestras historias.
Lo más sorprendente, y a la vez lo más duro, es descubrir que muchos de estos personajes no vivieron en secreto como nos han hecho creer. No es que fueran “maricas de armario” y que por eso no lo sabíamos. ¡Qué va! En su época, muchas de sus relaciones eran públicas y notorias. Lo que pasa es que después vino el borrado.
Por ejemplo, emperadores que trataban a sus amantes varones como auténticos consortes, poetas que escribían con total naturalidad versos apasionados a otros hombres, o científicos y artistas que compartieron su vida entera con otro hombre sin esconderlo demasiado. En su momento, podía ser un escándalo o un chisme, pero no era un misterio. El misterio lo fabricó la historia oficial, esa que se escribió siglos después con la tijera de la heteronorma en la mano.
Lo que de verdad sorprende al lector es darse cuenta de que no es que no estuviéramos ahí, es que alguien, deliberadamente, decidió que no quedara rastro. Eso cambia mucho la perspectiva: no es una ausencia inocente, es un borrado interesado. Y al descubrirlo, uno entiende mejor también por qué hoy seguimos teniendo que pelear por la memoria y por la visibilidad.
Porque en el trabajo también somos personas completas, con identidades diversas, y necesitamos referentes tanto como en cualquier otro espacio. La oficina no es un lugar neutro donde las orientaciones o identidades se quedan en la puerta. Todo lo contrario: las dinámicas de discriminación, de inclusión o de silencio también se juegan allí.
Tener referentes históricos ayuda a romper esa idea de que la diversidad es algo reciente, un “invento” moderno. Demuestra que siempre hemos estado ahí, que la humanidad se ha construido también gracias a las personas LGTBIQ+. Para quien pertenece al colectivo, leer esas historias da fuerza, orgullo y sentido de pertenencia. Y para quien no, es una manera de desmontar prejuicios y de ver que la diversidad no resta, sino que suma.
En resumen: visibilizar referentes en el contexto laboral es un recordatorio de que la igualdad y la inclusión no son regalos, son derechos, y que la diversidad nos atraviesa a todos, también cuando hablamos de productividad, creatividad o bienestar en el trabajo.
Lo bonito del libro es que ofrece un terreno común desde el que hablar de temas que a veces parecen incómodos. Si hablamos de diversidad a pelo, en la oficina hay gente que se tensa, que se siente cuestionada o que cree que no va con ellos. Pero si abrimos el libro y contamos que, por ejemplo, Miguel Ángel pintó la Capilla Sixtina mientras escribía sonetos de amor a un joven, y no a una joven, la conversación fluye de otra manera.
La historia crea distancia, permite hablar sin que nadie se sienta señalado directamente, pero al mismo tiempo conecta con problemas muy actuales: los armarios, las etiquetas, la discriminación, la falta de referentes. Esa mezcla entre humor, rigor y cercanía abre la puerta a diálogos sinceros. Además, el tono del libro ayuda mucho: no es un ladrillo académico, es un texto vivo, con ironía, con complicidad, con toques constantes de humor. Eso baja las defensas y facilita que en la oficina se puedan dar conversaciones reales y valiosas.
Porque es un libro que rompe silencios, que rescata con orgullo a quienes la historia intentó borrar, y que al hacerlo nos recuerda que la diversidad no es un añadido decorativo, sino parte esencial de lo que somos como sociedad y como equipos de trabajo.