España es uno de referentes globales en la protección e inclusión del colectivo LGBTQ+. Sin embargo, en este país, el tercero en aprobar una ley de matrimonio igualitario en el mundo, las personas de la diversidad sexual y de género no siempre han gozado de la visibilidad y la protección actuales. Esto, incluso, se ha logrado de forma acelerada durante las últimas décadas, tras avances y retrocesos para el reconocimiento de aquellas identidades sexoafectivas y de género que, hasta no hace mucho, ni siquiera podían ser nombradas.
Proponerse hacer un recorrido por la historia LGBTQ+ española nos remonta a tiempos muy antiguos. Como parte de la antigua Roma, en la península ibérica había cierta aceptación a las relaciones entre personas del mismo género, aunque siempre en la esfera privada. Entre hombres, eran toleradas las relaciones intergeneracionales, las que eran de público conocimiento; probablemente la más conocida es la del emperador Adriano –nacido en Hispania- con su amante Antínoo, por quien mandó a construir la ciudad egipcia de Antinópolis, después de su trágica muerte en el Nilo.
Adriano, emperador romano de origen hispano, mantuvo una relación sexoafectiva con Antínoo, a quien le dedicó la fundación de una ciudad.
La llegada del cristianismo supuso un vuelco a esta tolerancia tácita. Los emperadores Constantino y Constancio introdujeron leyes para castigar la homosexualidad pasiva, primero a través de la castración y, luego, con la hoguera. Unos años después, Justiniano impondrá el castigo a todos los hombres homosexuales, sin distinción de roles sexuales.
El Reino Visigodo compartía esta aversión. Una de sus acciones más conocidas fue la de imponer el Liber Ludiciorum, uno de los primeros cuerpos legales que consideraban a la homosexualidad como un crimen, introduciendo el concepto de sodomía, y que se castigaba con el destierro y la castración. ¿Qué se considerada un acto sodomita? Las relaciones sexuales entre hombres, por supuesto, pero también todos los “crímenes sexuales no naturales”, como el sexo anal y la zoofilia. Los actos sexuales lésbicos solo se incluían en la lista si éstos involucraban instrumentos para la penetración.
En el sur del territorio, la oscuridad no era así de absoluta. Las sociedades musulmanas fueron mucho más abiertas con la sexualidad diversa, pese a que el Corán prohibía la homosexualidad de forma explícita. Las relaciones sexoafectivas entre hombres eran comunes entre gobernantes, pero también para la gente del pueblo llano, que las practicaban en tabernas y barrios. Asimismo, los harenes de Al-Ándalus eran un espacio seguro para el florecimiento del amor entre mujeres, donde también tenían acceso a la educación.
Los harenes en Al-Ándalus fueron espacios seguros para las relaciones entre mujeres
El proceso de unificación y la paulatina expulsión de la cultura árabe constituyó un triunfo para la consolidación de la mirada cristiana a la sexualidad. Desde el siglo XII, hubo un endurecimiento de los castigos, incluyendo el nivel simbólico. El clérigo y jurista Raimundo de Peñafort acuñaría el término “contra natura” para designar a todas las relaciones sexuales que no tuvieran como fin la procreación. En ese contexto, la homosexualidad será considerada un pecado tan grande, tan abrumador, que es preferible no nombrarlo; desde ese momento, se le conocerá como el pecado nefando.
Este pecado tabú será objeto de leyes muy duras, como la pragmática de los Reyes Católicos, que elevaron la sodomía al rango de herejía y traición, instituyendo la tortura como una práctica para obtener confesiones de los acusados en España y en las colonias de su proyecto de expansión colonial en América Latina. A finales del siglo XVI, el rey Felipe II facilitará los procesos de evidencia para sostener las acusaciones de sodomía (muchos ellos, adversarios del reino).
En este contexto, es natural que se tengan pocos o nulos antecedentes sobre personas LGBTQ+ en la época. Y las historias que se conocen tuvieron trágicos finales. Una de las más conocidas es la de Margarida Borràs, una mujer trans proveniente de las Islas Baleares que fue detenida, torturada y, finalmente, ahorcada por su identidad de género en la Plaza del Mercado de València. Hoy, una placa conmemorativa recuerda este episodio en el mismo lugar de la ciudad mediterránea.
Placa en la Plaza del Mercado (València) que recuerda la ejecución de Margarida Borràs
Con todo, hubo algunas experiencias excepcionales, como la de Catalina de Erauso en el Siglo de Oro español. Mejor conocida como la Monja Alférez, fue –presuntamente- un hombre trans que, tras escapar del convento en el que creció en San Sebastián, comenzó a usar prendas masculinas y se embarcó hacia América Latina, donde tuvo una destacada trayectoria como soldado. Una vez descubierta su identidad de género, fue enviado de vuelta a España donde, pese a todo presagio, recibió el reconocimiento del rey Felipe IV y el papa Urbano VIII, quienes le permitieron continuar vistiendo como un hombre, en agradecimiento a sus aportaciones en el campo de batalla.
Con la llegada del siglo XIX, las cosas parecían ir mejorando para la comunidad LGBTQ+ de España. Gracias a la influencia de las corrientes liberales en Francia y Alemania, la puesta en marcha del Código Penal de 1848 no contempla la figura de sodomía, aunque seguían existiendo algunas leyes que podían castigar el afecto en público como escándalos o faltas a la moral. De todas formas, España se convertía en uno de los pocos países europeos en despenalizar la sodomía.
Apenas entrado el siglo XX, tuvo lugar un suceso completamente inusual: dos mujeres, Marcela Gracia Ibeas y Elisa Sánchez Loriga, pasaron a la historia del colectivo LGBTQ+ cuando contrajeron matrimonio en La Coruña (Galicia), convirtiéndose en la primera boda de una pareja del mismo sexo en España, más de 100 años antes de que se promulgara la ley. Para lograrlo, Elisa tuvo que vestirse con ropas masculinas y cortarse el cabello. Lamentablemente, la unión tuvo un triste final: cuando las autoridades se dieron cuenta y el hecho ocupó las portadas de los periódicos, Marcela y Elisa fueron perseguidas y se vieron obligadas a huir del país, lo que desencadenó el fin de la relación. Su historia fue rescatada por la reconocida cineasta Isabel Coixet en el largometraje “Elisa y Marcela”.
Elisa y Marcela, la pareja de mujeres que logró contraer matrimonio en 1901
La persecución era todavía muy fuerte, pero transitó desde el pecado, al crimen y, luego, a la patología. Durante los años 30, el famoso médico madrileño Gregorio Marañón presidió la Liga Española por la Reforma Sexual, una entidad que tenía diferentes capítulos en toda Europa precisamente para abordar la sexualidad humana de forma científica, alejada de consideraciones morales o religiosas. Sin embargo, y a diferencia de sus formaciones hermanas, la liga española no incluyó una investigación desprejuiciada de la homosexualidad; de hecho, aunque Marañón no las consideraba un crimen, sí pensaba que las orientaciones sexuales no heteronormadas podían curarse.
La resistencia del colectivo LGBTQ+ español encontraría acogida en los salones literarios y artísticos de la famosa Generación del 27, entre cuyos máximos exponentes se encontraba el poeta y dramaturgo Federico García Lorca y el pintor Salvador Dalí. De ellos se dice que mantuvieron una relación sentimental, la que fue inspiración para la película “Little Ashes”.
Toda posibilidad de avance en el reconocimiento de la diversidad sexual y de género se estrelló abruptamente con el fin de la Guerra Civil y el triunfo de Francisco Franco. El primer suceso fue la ejecución de García Lorca, el 18 de agosto de 1936, a quien se le disparó por “rojo y maricón”. El asesinato del poeta se ha convertido hasta hoy en un símbolo de la persecución del colectivo en el período bélico.
Durante los largos años de la dictadura franquista, se promulgaron dos leyes que convirtieron a la homosexualidad, una vez más, en un tabú y un crimen. La Ley de Vagos y Maleantes, de julio de 1954, formalizó la persecución, aislamiento e internación de los hombres gays, a quienes se les denominaba “violetas”. Cerca de 5 mil hombres fueron detenidos por “comportamiento homosexual” y fueron enviados a campos de concentración para trabajos forzados. El de Fuerteventura (Islas Canarias) es uno de lo más tristemente célebres.
El otro cuerpo legal se publicó casi dos décadas más tarde para sustituir al primero. La Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, de agosto de 1970, legalizó la práctica de terapias para eliminar “estímulos homosexuales” por medio de choques eléctricos y lobotomías. Además, las personas detenidas eran enviadas a cárceles de acuerdo a su rol sexual en Badajoz y Huelva.
Esta ley fue colmó la paciencia de algunas personas LGBTQ+ que comenzaron a reunirse para exigir respeto por sus derechos. La llama se encendió en Barcelona, donde durante los años 70 se fundaron el Movimiento Español de Liberación Homosexual y el Front d'Alliberament Gai de Catalunya (FAGC), dos organizaciones que fueron la inspiración para otras que se articularon en Madrid y el País Vasco y que terminaron reuniéndose en Coordinadora de Frentes de Liberación Homosexual del Estado Español.
En junio de 1977, dos años después de la muerte de Franco y en medio de movimientos políticos cruciales para España, el FAGC convocó la primera manifestación del Orgullo LGBTQ+, la que contó con la participación de 5 mil personas y que fue duramente reprimida. Ese mismo año, el activista Armand de Fluvià fundó el Institut Lambda (más tarde Casal Lambda), el primer centro de servicios para el colectivo, y en 1978 se convierte en la primera persona LGBTQ+ en hablar públicamente de su orientación sexual en la televisión pública.
Primera Marcha del Orgullo de España, celebrada en Barcelona en 1978
Ese año fue clave en el avance del movimiento LGBTQ+ español. En junio, se convocó la primera Marcha del Orgullo en Madrid, a la que asistieron más de 10 mil personas. Seis meses después, el presidente Adolfo Suárez firmó la modificación de la Ley de Peligrosidad Social en la que se eliminaba a la homosexualidad del texto; en enero de 1979, las relaciones entre parejas del mismo sexo son definitivamente despenalizadas y los últimos presos por este motivo son liberados.
Los años 80 trajeron un movimiento amplio para la sociedad española, incluyendo una revolución sexual que tuvo su expresión en el arte, el cine y la música en las principales ciudades, como la famosa Movida Madrileña. También fue una época de intensa proliferación de organizaciones LGBTQ+ nacionales y locales; Esta articulación posibilitó alzar la voz ante las injusticias en el espacio público. Una de las primeras manifestaciones de este tipo sucedió en 1987: tras el arresto de dos mujeres por haber demostrado afecto en público, se celebró un masiva protesta que incluyó besos en la plaza de Puerta del Sol, en el centro de Madrid. Esta acción se repite cada año.
A pesar de los avances, la persecusión y la violencia seguían presentes. En 1991, Sonia Rescalvo Zafra fue asesinada por una brutal paliza debido a su identidad de género. El caso generó un enorme impacto en la opinión pública y fue descrito como el primer crimen de una persona trans por el hecho de serlo del que se tenga información en el país.
En 1995, estalló el caso Army, derivado del sumario de un juicio por actividades de prostitución de menores en un bar del mismo nombre en Sevilla. Se trataba de un escándalo que rápidamente adquirió el aspecto de una caza de brujas contra hombres presuntamente gays: los medios publicaron listas de nombres de varias personalidades públicas, quienes finalmente resultaron absueltos.
El asesinato de Sonia Rescalvo Zafa fue primer crimen hacia una persona trans "por el hecho de serlo" registrado en España
Finalmente, en 2003, el rumbo en materia de derechos LGBTQ+ cambia de forma rotunda en España, al aprobarse la ley de matrimonio igualitario, la tercera de su tipo en todo el mundo. Poco antes, algunos gobiernos locales (como los de Cataluña, la Comunidad Valenciana y Madrid) habían publicado leyes para el reconocimiento y la protección de parejas de hecho, independientemente de su orientación sexual. En 2007, el foco estaría puesto en las personas trans, al sancionarse la ley que permite la rectificación de nombre y género en los documentos de identidad.
Durante los últimos años, el reconocimiento, visibilidad y protección del colectivo es parte de un esfuerzo colectivo y transversal de instituciones y personas; España es uno de los países del mundo que cuenta con los índices de aprobación y aceptación de las personas LGBTQ+ más altos entre la opinión pública. Sin embargo, siempre se trata de una historia inacabada y que, como lo ha demostrado su camino, puede experimentar retrocesos, como el brutal asesinato con motivación homofóbica de Samuel Luiz Muñiz en 2021 y el centenar de agresiones cotidianas de las que las personas LGBTQ+ son objeto a diario. Por eso es importante salvaguardar la memoria: recordar para avanzar.